03 agosto 2011

El riesgo de Los Mercados.



Escuchamos mucho en estos días que “La prima de riesgo ha subido hasta niveles record, que ha bajado o se ha estabilizado”, que un país, Irlanda es rebajado a “bono basura”. ¿Alguien puede explicar qué es y, sobre todo, por qué influye en el devenir de los países afectando al ciudadano que va a comprar el pan o un pisito cerca de la casa de sus padres?

Como estoy con tiempo para perder el tiempo, me pongo a leer en El País.com un artículo sobre qué es la prima de riesgo y cómo funciona. (El País digital)
Según he entendido, se trata de los mercados de deuda y la búsqueda de financiación de éstas. Se habla de bonos que se comparan con el bund alemán que, según dicen, es el más estable y de menos riesgo de todos en la eurozona (y probablemente el más aburrido). Si el riesgo sube un punto porcentual sobre el germano, entonces son 100 puntos de castigo, así para arriba y para abajo. Es algo relacionado con la confianza que entrega cada país para que las inversiones en deudas valgan o no la pena. Me acuerdo entonces de mi profesor Carlos Descouvieres, que nos explicaba que la economía –especialmente la grande- se basa en las expectativas que tienen los inversores en que sus inversiones lleguen a los niveles de ganancia que ellos esperan” (Bueno, era algo más complejo que eso).

Para orientarse cómo va a andar la cosa, hay gente especializada en evaluar estas variables. Leo que hay tres grandes calificadores de deuda, Standard & Poor's, Fitch y Moody's. Miremos la primera, si traduzco literalmente Standard & Poor's sería algo así como Nivel y Pobre’s o Criterio y Escaso’s. Vaya, es raro que una consultora que lleva la palabra Pobre (Poor) en su nombre sea la que orienta a los grandes inversionistas. La tercera, Moody’s me parece un nombre tan poco serio (recuerda al nombre del Pájaro Loco: Woody Woodpecker) como para que Los Mercados le crean a sus calificaciones. Quizá Los Mercados, están peor que el pajarito. Resumiendo, según voy tratando de entender, todo este tinglado que tiene en vilo a los gobiernos, especialmente a los más mediterráneos e Irlanda y por tanto a sus ciudadanos, tiene que ver con Los Mercados.

Pero... ¡¿Qué son Los Mercados?!

Hace años, Patricio Aylwin –ex presidente de Chile- señalaba que “el mercado es cruel”, imaginemos cómo será más de un mercado.
¿Qué son realmente Los Mercados? Pareciera que son unas entidades que se mueven según ciertos impulsos que los hacen subir y bajar, comprar, vender o especular, calificar o descalificar, que tienen reglas propias, difíciles de entender; son unas cosas que confían o desconfían y según eso actúan. Y me pregunto ¿Quiénes son Los Mercados? Dan la impresión de ser entes abstractos que responden a su propia entelequia. Son como Matrix, un organismo supra superior que lo maneja todo, con inteligencia y capacidad de decisión autónoma, según sus propias normas. Mmm, o estamos viviendo en una película de ciencia ficción capaz de llevar a países a la quiebra o hay “gato encerrado”.

Sería de suponer que “Los Mercados” están compuestos por personas, las consultoras de calificación están compuestas por personas que juzgan y evalúan... y el resto acatamos. Las personas que componen "Los Mercados" me las imagino como unos tipos gordos que apenas caben en sus sillones de cuero y que fuman grandes puros, incluso contraviniendo las leyes que prohíben fumar en lugares de trabajo. Probablemente no sean así (aunque fumen en sus despachos). Alguien me puede decir ¿cuántas personas componen "Los Mercados"? ¿Qué porcentaje de la población son los que están ahí al loro de la deuda de los países, comprando o vendiendo bonos, castigando, premiando o acosando a las naciones, especulando y decidiendo qué economías les dan más o menos confianza para poner el dinero de sus clientes?

Me permito unas preguntitas más: ¿Quién los eligió para estar ahí? ¿Por qué le hemos dado la autoridad para que decidan si los países se merecen ser declarados bonos basura, si son más o menos confiables, si son más o menos parecidos a los alemanes? ¿Dónde hay que votar para elegirlos o no?
O quizás es mejor pensar que el mercado es en realidad Matrix que no está compuesto por humanos sino por una inteligencia superior que nos premia y nos castiga según cómo nos portemos con el dinero.

29 abril 2011

Forever hoy


Hace un par de semanas fui a ver en el Teatro Compac Gran Vía, Forever Young, un espectáculo que no es un musical pero cantan. Se define como una comedia con canciones. Ambientado en el año 2050 “siete actores jóvenes interpretan a unos viejos centenarios que pasan una velada en el escenario de un teatro reconvertido en residencia de artistas. Algunas noches, los residentes se visten con sus mejores galas y rememoran sus éxitos”.
Es una puesta en escena un poco rara, los antiguos artistas están sentados en viejos sillones, hay un pianista afásico y una enfermera que los cuida. La esencia comienza cuando ésta se descuida y los viejos se ponen a cantar, bailar y recordar sus antiguas glorias a través de gags y chistes. La trama es bastante obvia y predecible, sin embargo entretiene, me he reído e incluso me he emocionado. Los actores y especialmente las actrices, cantaban muy bien –son todos actores habituales de los musicales-, las canciones son hitos del rock y el pop de las últimas décadas, por tanto de fácil identificación, siendo así un espectáculo que pega especialmente al adulto joven, esa franja que va de los veintilargos a los cuarenta largos incluso algunos en la cincuentena. Es un show para pasárselo bien, especialmente cuando el público que ha pagado su entrada tiene y manifiesta sus ganas de divertirse y dejarse seducir por lo que ocurre en el escenario (cosa que siempre se agradece).
Pero durante las casi dos horas que duró, hubo algo que me hizo ruido todo el tiempo (no fue mi audífono o sonotone, aún no llevo). Es un espectáculo que ocurre en el futuro, es decir, cuando yo sea viejo, los que están en el escenario “tuvieron” más o menos mi edad a mi edad y han envejecido más o menos del mismo modo que yo envejeceré. Una idea arriesgada pero con la cual no arriesgaron.
Lo que veía en escena es un vestuario y ambientación que son viejos hoy. Los sofás, lámparas y mesillas los encontramos ahora en las casas de los abuelos y casas de “mi pueblo” (que vienen siendo lo mismo), y los actores van vestidos como se visten los ancianos actuales: chaqueta y corbata algunos, bata y zapatillas de levantar otros y con abrigo de piel y estola de zorro las mujeres. Salvo el personaje de Rubén, “un ex hippie que acompañó a Miguel Ríos en sus 13 giras de despedida” está caracterizado como un hippie deteriorado y anciano: largos pelos, pantalones anchos, camisa de colores y un gorrito, el resto, repito, llevan ropas que podemos ver el domingo en cualquier iglesia madrileña.
Durante mucho tiempo me pregunté en qué momento de la vida, al cumplir cuántos años, los abuelos comenzaban a usar el pantalón sobre el ombligo, con un largo y angosto cinturón. Viendo películas clásicas descubrí que los grandes galanes del Star System llevaban los pantalones por allí arriba y unas corbatas cortas. Cary Grant, James Stewart y otros íconos del Hollywood dorado marcaban la moda y los jóvenes de entonces se vestían como ellos, lo siguieron haciendo... y lo hacen hoy (los que quedan –perdón por el toque de humor negro-). Pero la nueva generación de “adultos mayores” o nuevos vejetes, está cambiando el modo de vestir. Muchas personas alrededor de los 70 años usan chaquetas de polar, jeans (vaqueros), zapatillas (playeras o tenis), en general ropas que se compran en cualquier tienda y que ellos no usaban de jóvenes. Incluso uno muy cercano, cada año estrena unas zapatillas outdoor de alta gama que se las envidio profundamente.
¿Cómo me vestiré y me veré yo y mis coetáneos en el 2050? Ciertamente no como los que hoy tienen 80 años. No creo que después de algún cumpleaños empezaré a usar corbata ni traje ni me subiré el pantalón sobre la cintura. Probablemente los llevaré cerca de la cadera como ahora y probablemente en esa época se verá extemporáneo y anticuado. Y veinte o más años después, quizá los ancianos lleven los pantalones a mitad de culo, gorras de béisbol, zapatillas sin anudar y cadenitas. También se verán anticuados.
Nuestras casas, si no las renovamos no tendrán los muebles que hoy están pasado de moda. Es cierto que los muebles de antaño duraban más que los de ahora, pero no creo que tanto como para las casas viejas del futuro sean como los hogares viejos de hoy. Puedo apostar que los tejidos de ganchillo sobre los respaldos serán un recuerdo en la memoria de los que seremos abuelos. Quizá viviremos entre súper desvencijados muebles Ikea, sillas plásticas desteñidas en las terrazas, sillas ergonómicas destartaladas, mucho vinilo lleno de grietas y otros muebles gastados que hoy no puedo aún imaginar.
Claro, sólo podemos imaginar el futuro desde donde estamos y siendo como somos hoy. En el libro “El Filósofo entre Pañales”, Alison Gopnik dice que en la película Blade Runner (1982) visualizaron un futuro -2019 si no me equivoco- en que los teléfonos tendrían video llamada, lo cual más o menos ocurre hoy, pero en el año 82 no pudieron proyectar que para comunicarse no sería necesario ir a una cabina telefónica en una esquina, sino que habrían teléfonos móviles. Ridley Scott y sus guionistas, en ese momento no imaginaban el avance de la telefonía móvil en el futuro.
Habrá que ver cómo será y cómo estaremos en el año 2050. Si todavía tengo este blog se los comentaré... a los que queden para leerlo.

19 abril 2011

Vivos y decadentes


Este post lo había comenzado hace unos meses atrás, poco después del concierto “El Abrazo” en el Parque O’higgins en Santiago de Chile, pero quedó sin terminar y sin publicar. Ayer he recibido por fin un CD que había comprado en Amazon.com entusiasmado por los vídeos que vi de ese concierto través de youtube. Lo que decía esa entrada inspiraba lo que comento ahora:
Hay cosas que pensamos que nunca veremos y otras que siendo un cliché, algo esperable de ver en un determinado momento o lugar, de todos modos es altamente improbable que te ocurra.
La primera sería ver a Charly García regordete y volviendo a tocar un concierto a toda máquina, con voz (tampoco tanta, pero ayudado por una buena acompañante), con fuerza, concentrado, sin olvidar la letra y dándolo todo. Eso me imagino es lo que vieron los que fueron al mencionado concierto en Santiago y que algo recogían los vídeos en youtube. Eso es lo que he podido ver en el DVD con la grabación del “Concierto Subacuático” que acompaña al disco del mismo nombre que me llegó la semana pasada. Ver a un ídolo imprescindible de mi banda sonora vital renacer junto al piano, vestido de formal chaqueta y camisa negra, bajo una intensa lluvia, seguido por cientos de argentinos fieles y sonando como en los mejores tiempos, con precisión, energía y la cuota justa de ruido, acompañado por su banda “Say No More” –incluido el trío de chilenos gordotes y melenudos que en su día tocaron con el Negro Piñera-, y lo más notable, verlo presente, sobrio, concentrado, entregado. Hay “casi muertos” que no hay cómo enterrarlos. Charly es ahora uno de ellos. Cuando pensaba que ya sólo quedaba recordarlo como “lo que fue”, ha vuelto a subirse a los escenarios con una impensable barriga pero con toda la potencia y música que le vimos en los tiempos de los conciertos en el Estadio Chile o el velódromo del Estadio Nacional.
Lo que podría ser un cliché es ir paseando con el cochecito del bebé por una calle cerca de casa y encontrar un equipo de rodaje en plena faena, acercarme a cotillear y ver al mismísimo Pedro Almodóvar filmando. Más de algún amigo chileno me ha preguntado sí en estos 4 años y medio he visto a Pedro Almodóvar. La verdad es que sí, una vez antes lo vi a la entrada del cine, pero encontrarlo en plena filmación, con su tupé ya encanecido tan característico, es algo casi de postal. Pero el momento de Almodóvar es distinto, al ver sus últimas películas, la sensación es su talento se estuviera apagando como le ocurrió a Billy Wilder, Hitchock y varios otros maestros del cine al envejecer. Las últimas películas del manchego, no tienen la capacidad de atrapar ni de sorprender como tenían las que hizo algunas décadas atrás, y subrayando, “Los abrazos Rotos” es una película para olvidar, después de superar la rabia y las ganas de exigir la devolución del dinero. Todavía tengo la esperanza que Almodóvar reencuentre su inspiración y vuelva a seducirnos con sus películas como lo hizo tiempo atrás. Si Charly García ha podido emerger desde sus excesos, sus estadías en siquiátricos, sus adicciones, sus saltos a la piscina desde un octavo piso y su cuerpo famélico, para volver a encantarnos, podemos anhelar que Pedro vuelva a tomarse la pantalla para emocionarnos y no tener que recordarlo sólo por “lo bueno que fue”.
Mientras, Gustavo Cerati yace en un hospital sin poder cantarnos.

29 diciembre 2010

Las horas frente al "Caralibro"


El lunes fui al cine (¡¡¡Sí, al cine!!!) a ver The Social Network – La Red Social-.

Independiente del relato, que está muy bien contado, hubo algunos pasajes de la película que, como usuario habitual aunque no fantático de Facebook, me hicieron sentir un poco estúpido. Especialmente cuando Mark Zuckerberg dice que “Nadie va por la calle con un cartel que diga si está comprometido o soltero”… pero sí en Facebook (según el film, al protagonista se le habría ocurrido en ese momento ponerlo en el perfil de cada miembro). Es claro que la red es una fuente inagotable de información sobre nosotros mismos, es un manantial de datos para copuchear o cotillear pero no sólo a partir de lo visto, oído o inventado por otros sino que provisto por nosotros mismos.
Un sitio en el que voluntariamente colgamos nuestras fotos, las de nuestras salidas nocturnas, nuestras vacaciones, reuniones de trabajo, conciertos, nuestras familias, nuestro hijo (¡qué asco la gente que pone fotos de sus retoños!), y así como un vertedero de nuestras cotidianeidades. Pero es que además nos da el espacio de contar hasta nuestro estado de ánimo. Cuando llegamos al trabajo y nos preguntan cómo estamos, decimos “bien gracias y tú”, pero en Facebook en el espacio “Tu estado” desnudamos nuestros pensamientos, anhelos, ansiedades, frustraciones con frases como “Esperando que vuelva a amanecer”, “Saliendo por fin del hoyo”, “gracias por la vida y los rayos de sol que entran en mi ventana” o “Si te sientes solo, es que no has mirado hacia arriba para ver entre las nubes la sonrisa de Dios”. Más encima después los amigos le ponemos dedos hacia arriba o hacia abajo (aunque de éstos pocos, para algo somos amigos) para dar nuestro beneplácito o sencillamente los comentamos.

Y el muro, vaya que da para todo, desde afectuosos comentarios o saludos de cumpleaños a revelaciones casi escandalosas escritas impúdicamente por amigos que, o son muy descarados o no saben que se puede mandar mensajes privados.

Para mandar mensajes privados basta con pinchar en el enlace que está bajo la foto, pero para eso habría que conocer todas las funciones del sitio, explorar en las múltiples pestañas, enlaces, haciendo clicks hasta el infinito y eso es como leerse el manual de un artefacto electrónico recién comprado. ¿Quién se ha leído el manual de una cámara fotográfica, un DVD –el reproductor no de un disco-, o incluso una lavadora? Así que ¿quién sabe todas las funciones que tiene Facebook. Aunque no está demás conocer cómo controlar la información que hay sobre nosotros y quiénes pueden saberlo. Porque una cosa es que mis amigos vean las fotos de mi borrachera del fin de semana pasado o tu cara de recién parida, pero otra es que la vean “los amigos de tus amigos” o los amigos de los amigos de tus amigos… porque se puede. De todos modos, recomiendo darse una vuelta por la Configuración de privacidad que está en la pestaña de cuenta (al extremo derecho arriba del sitio).
Aún así, respecto a la privacidad, creo que hay un limbo que es cuando te etiquetan en una foto, que puedan ver los amigos de tus amigos y, pinchando por ahí, puedes comenzar a navegar por las fotos de personas que no necesariamente quieres que te vean… mmm, no sé si es lo que quiero.
Me comentaba una amiga que ha trabajado en selección de personal para empresas que al llegarles los currículums, van a mira si los encuentran en Facebook y quiénes son sus amigos. Vaya, para que te enteres.
Con todos estos datos, y muchos otros rumores que corren sobre esta social network, es raro que alguien como yo, con rasgos paranoides presentes en mi constitución psicológica, tenga una cuenta en Facebook. Con la distancia transcontinental, es un modo de estar presente y, sobre todo, enterarme de todo y todos sin tener que llamar por teléfono o escribir e-mails. O sea, en la suma de “ser visto” v/s “ver a otros”, sale ganando mi voyeurismo. Además de ser una manera imperdonablemente infalible para perder el tiempo, posponer estudios, informes, llamadas y hacer algo que no es “ni importante ni urgente”*.
Y ahora voy a dejar estas líneas para cotillear un poco y luego, si me da el tiempo antes de las dos y media, hacer el parte semanal de actividades.
Para finalizar, una sola advertencia: si eres usuario de Facebook y compartes el computador con otras personas, al terminar tu sesión ve a la pestaña CUENTA y dale a SALIR, que encontrarse con la cuenta abierta de otro es… demasiada tentación, especialmente si es un compañero de trabajo o tu hermana o tu primo o el tipo que ocupó la silla antes que tú en el Cyber Café.


*ver Los 7 Hábitos De Las Personas Altamente Efectivas.

04 julio 2010

El Roto Chileno, ¿cuánto de chileno, cuánto de roto?

Escuchando radio Concierto online en el trabajo, como un modo de no oír la estridente voz de la mujer con que comparto oficina, me enteré de la visita de la Selección Chilena de Fútbol a La Moneda y el gesto del entrenador Bielsa de ignorar o apenas saludar al presidente Piñera. Los comentarios apuntaban a la reacción en Twitter de la hija del mandatario, Magdalena: “Bielsa es un roto”. ROTO. Roto, ROTO. Creo que es un buen momento para “meterme” con esta sempiterna y tan chilena palabra. De un cierto trozo de la chilenidad.

ROTO. La palabra tiene un origen antiguo, proviene de la época de la colonia española. De hecho, eran los españoles del Perú los que llamaban rotos a los españoles que viajaban al sur porque iban sin uniformes o mal vestidos. De ahí derivó en Chile para referirse a los pobres que vivían en las ciudades. Las clases acomodadas comenzaron a llamar rotos/as a los que poblaban los arrabales, conventillos, transitaban por calles polvorientas o llenas de barro, los que “preferían vivir en esos barrios feos, llenos de mugre”. La Guerra contra la confederación Perú-Boliviana, llevaría al personaje del “roto chileno” al estatus de héroe de la batalla, erigiéndole un monumento (que si lo miramos bien, no viste nada mal). Con el paso del tiempo serviría para que la misma clase alta la usara para llamar así a los que vivían en poblaciones callampas, blocks, mediaguas o tomas. Y por ende, a los que tenían esas costumbres, ese modo de actuar tan “de rotos”.

Debo reconocer que en el ambiente donde he vivido era fácil escucharla, costaba poco que al que cometiera alguna acción descortés en el supermercado, el colegio o del coche del lado se le dijera roto, obviamente a modo de insulto o al menos de calificativo.

Muchas veces he discutido con conocidos, algunos muy cercanos, de por qué, si roto es esencia pobre, la usamos para describir y ofender al prójimo. La mayoría de las veces me ha respondido que no tiene que ver con el dinero sino con la educación, que en realidad es sinónimo de maleducado. Y creo que por un lado es un poco eufemismo y por otro, cuando llamamos al otro “maleducado” también lo hacemos desde nuestros parámetros de educación, de los que han definido cuáles son los buenos modales (probablemente, la hegemónica “aristocracia castellano-vasca”).

También me retrucan que no tiene que ver con la plata porque existe el “roto con plata”, es decir que no es exclusivo de los desposeídos. Y bueno, para mí salta a la vista que no hace más que refrendarlo, el “roto con plata” vendría siendo uno que “aunque tiene plata, se comporta como pobre”.

Con el ingenio propio de los chilenos para hacer uso de las palabras, el roto, que era originalmente un sustantivo, se convirtió en adjetivo calificativo y de ahí en verbo: rotear: “yo te roteo", "tú me roteas”, “él te rotea”, lo que vendría siendo, que te adjudico la condición de roto de acuerdo a tu comportamiento o tu modo de hablar, tu color de piel, tu barrio, tus padres, tu liceo, tu trabajo, tu medio de locomoción, tu música, tu ropa, tu comida, tus zapatillas, tu corbata, tus dientes, tus accesorios, tus vestidos, tu pelo, tu peinado, tu deporte favorito, tu bebida más habitual, tu living, tus adornos de la casa, tu auto, tus calcomanías del auto, tu reproductor mp3, tu discoteque, tu restorán favorito, tu programa de televisión, tu pololo, tu novia, tu marido, tus suegros. Vaya, que tenemos mucho por lo cual rotear.

Como yo creo en el poder de las palabras, creo que si buscamos lograr la imprescindible equidad en Chile (en el año del Bicentenario), construir más escuelas, mejorar las relaciones laborales, aumentar el sueldo mínimo, está bien, pero falta más, es necesario que cambiemos “detalles” como el modo en que nos referimos a los que son distintos a nosotros, independiente del comportamiento o modo de vida que tengan. Por eso, vaya aquí una pequeña ayudita: cuando queramos calificar a alguien poco cortés o que nos ofenda con su comportamiento, nos haga un desaire, nos tire el auto encima, nos insulte, no nos salude al invitarlo a casa, nos meta los codos para llegar antes al mesón de postre, o lo que consideremos un agravio, lo podemos llamar:

vulgar,

rudo,

grosero,

áspero,

tosco,

basto,

ordinario,

burdo,

rudimentario,

chabacano,

palurdo,

patán,

zafio,

desatento,

incivil,

desconsiderado…

pero, por favor, evitemos llamarlo “roto”.

29 junio 2010

Creer o no chutear.

El Mundial de fútbol.

Chile contra España. Chile contra Brasil. Teníamos la ilusión de ganar. Tuvimos el resultado que fue.

“Querer es poder” nos mintieron de niños. Otra mentira como “los amigos de mis amigos son mis amigos” y otras grandes mentiras cotidianas.

Y nos mintieron porque en realidad no basta con querer. Quizá es requisito necesario pero de ninguna manera suficiente. Pero incluso eso no sea necesario porque muchas veces podemos sin siquiera quererlo.

Lo que de verdad nos hace y nos da el poder no es el querer, es el creer. Puede que por hacerlo más simple, nos decían que bastaba con desearlo y mucho si lo que queríamos era muy grande. Pero la experiencia nos va mostrando que hay muchas cosas que queremos lograr, lo queremos con toda la fuerza del mundo pero no lo logramos ni lo lograremos porque no nos creemos capaces de lograrlo.

Lo siento, es así. Si queremos hacer que pasen cosas que deseamos mucho, si queremos invocar a la divina providencia, modificar la energía sutil que lo une todo o hacer vibrar el universo para que la realidad se transforme, no basta con querer. Hay que creer. Y eso sí es difícil. Requiere de una transformación profunda, es cambiar la estructura de nuestro pensamiento, de nuestras creencias, por tanto, de nuestra fe. Porque hasta los que no profesan, tienen fe. Tienen fe en que no existe nada, ni dios (con minúscula por respeto a ellos), ni eternidad. Y eso es un acto de fe. Pero hay que transformar todos los dogmas sobre lo posible y eso es transformarnos mucho, para algunos demasiado.

Todo Chile quiere ganar a los grandes del fútbol. Pero lo queremos tanto porque creemos que no somos capaces de hacerlo y esperamos “un milagro” en el cual tampoco creemos. Porque esperar un milagro es no creer que algo, al menos por su cauce natural, sucederá. O sea, el que tiene la esperanza en un milagro es el que de verdad no cree. El que “obra milagros” es porque no cree en milagros, es porque sabe, está convencido, que ocurrirá. Luego el resto, desde nuestra incredulidad lo bautizamos milagro.

13 diciembre 2009

Recuerdos electorales



Hoy es día de elecciones en Chile. No me había casi enterado. Apenas me acordaba que este año eran las elecciones hasta que Mauricio -chileno, brillante candidato a doctor en educación- me lo recordó y comenzó a comentarme el devenir electoral, su curiosa fauna de candidatos, los pronósticos y los resultados de las encuestas, los que suben y los que bajan. Desde aquí, mirando hacia Vallecas, me imagino que hoy “Chile demostrará su comportamiento democrático intachable”, “su apego a la tradición electoral y su vocación cívica”.

Recuerdo que en el ’99 ante la posibilidad que saliera Lavín amenazábamos con autoexiliarnos porque no soportábamos vivir en un país que eligiera al “gallito de pelea” luego transmutado en sumo pontífice del Cambio. Por suerte salió Lagos así no necesitamos emigrar ni sentir la vergüenza de hacer juramentos que no cumplíamos.

Recuerdo que el 2005, justo hace 4 años, el día después de la primera vuelta mandé una carta a La Segunda (periódico vespertino de amplia lectura entre las clases acomodadas… qué eufemístico y políticamente correcto que estoy) que los editores publicaron bajo el título “Me cayó la teja”. El texto escrito con un toque semi momio o DCncantado hablaba de la constatación que Piñera no se diferenciaba del resto de la derecha como quería darse a entender. Y con ella tuve mis 7 minutos de fama: la carta le fue leída al propio empresario-candidato por la periodista Soledad Oneto –que años después animaría el Festival de Viña del Mar- y éste argumentó sobre los puntos que yo comentaba. Quizá haya influido en algún elector que trasnochaba frente al televisor a esa hora. Lo más probable es que no.

Recuerdo que el 5 de octubre de 1988 me levanté muy de madrugada, tenía que ir al centro, a la sede del Comando Metropolitano del NO, frente a la casa central de la Universidad Católica donde pasaría el día, “ese día” haciendo seguimiento de noticias. Salí de mi casa en la rotonda Atena, la ciudad estaba toda a oscuras debido a unas bombas puestas la noche anterior en las torres de alta tensión. Caminé hacia Apoquindo (no estoy seguro, pero por lógica debiera ser), hasta que pasó una micro que me llevó a la Alameda. En el cruce de esas calles todo a oscuras, se respiraba una sensación de inmensa soledad. Un camión de militar cruzó la avenida, iba llena de soldados con miradas y fusiles atentos, parecía una película Costa Gavras.



Recuerdo que para la elección de Aylwin pude votar. Pero antes de hacerlo fui a una escuela en el sector de República que era recinto de votación. Era miembro del equipo de conteo rápido que había organizado la Iglesia para evitar las triquiñuelas de su Augusta majestad y por la mañana debía registrar la constitución de las mesas. Al cierre de las éstas, volví al lugar a hacer la parte más importante del proceso: recoger los resultados de las mesas seleccionadas para luego correr hasta un teléfono y dar las cifras en tiempo real. En ese tiempo no teníamos teléfonos móviles, teníamos que movilizarnos hasta una cabina o donde algún buen vecino que nos lo prestara.

En las elecciones parlamentarias del ’97 yo estaba en la Patagonia en el curso con NOLS. Volví a la civilización uno o dos días después de los votos y quedé en shock al saber los resultados. Ese día también fui a la comisaría de Puerto Natales a justificarme por no votar al estar a más de 300 kms de mi lugar de votación. Pocos días antes me había enterado, mientras acampábamos en un fiordo, que Chile se había clasificado para el Mundial de Francia. Esa fue la primera vez que no voté.
Recuerdo que en las elecciones municipales del 2004 estábamos produciendo el documental “Racconti di una Emigrazione” y ese día grabábamos a uno de nuestros entrevistados. Lo acompañamos a votar, mostrando así su integración en la sociedad chilena y responsabilidad ciudadana. Más tarde nos fuimos a su casa a terminar su entrevista y ésta se alargó. Al salir corrí al recinto de votación y llegué tarde, mi mesa ya había sido cerrada. En la edición final del documental, este señor fue cortado de “la versión del director”, pero no por razones políticas. Esa fue la segunda vez que no voté.

En las primeras municipales, las del ’92, trabajé junto a mi círculo más cercano de amigos en uno de los sistemas de conteo de votos oficiales del gobierno. Ahora no éramos voluntarios ni era un registro paralelo. Contratado por Entel Data, la filial dedicada a la transmisión de datos, creo que el sistema era como un preludio de internet. Yo estaba en una salita de la escuela donde se votaba; tenía un ordenador de sobremesa, los portátiles les faltaban algunos años para ser populares. Recogíamos la información a mano de las mesas y las metíamos en el computador, de alguna manera le dábamos la instrucción para que se fuera por el aire hasta las antenas de Entel. El sistema no funcionó, los mensajes nunca salieron así que el gobierno no se llegó a enterar por esa vía sino por la Compañía de Teléfonos de los avances de la elección. Dicen que a los días después cortaron cabezas, entre ellas las del papá de mi amigo que nos convocó, y que en parte producto de esto que el gobierno autorizó a Telefónica a entrar en la larga distancia.



Un lejano recuerdo es el de la consulta del año 78, nosotros nos íbamos al día siguiente a vivir a Osorno, ciudad del sur cercana a Puerto Montt, donde estuvimos por sólo 9 meses. Mi madre le contaba su paso por las urnas a alguna conocida y a mí se me grabó el relato (probablemente a mi madre no): le explicaba que fue a algún colegio pirulo cercano a nuestra casa, probablemente la Scuola Italiana, que ahí eran muy gentiles, los militares de la puerta y las señoras de la mesa de votación; que había entrado a la cabina a marcar su voto y al volver a la urna las encargadas se volvieron amargas y acusadoras, habían perdido toda la cordialidad y llegaban a ser amenazantes. La razón era que en esa elección el papel era muy delgado y se traslucía el voto. En esa época era muy chico para votar.

Recuerdo que para las elecciones presidenciales y parlamentarias del ’93, la que ganó ampliamente Frei Ruiz Tonto, nos invitaron a mí y a mi novia de esa época a un focus group para valorar la campaña de televisión de un partido político que no supimos sino hasta que le dieron play al VHS. Como en todos los estudios de opinión, sean cuantitativos como cualitativos, hay ciertas “irregularidades en la muestra”, en este caso lo éramos ella y yo, pues no debía haber personas que se conocieran entre los participantes. La propaganda era de la Democracia Cristiana y en ella hablaba Gabriel Valdés y esencialmente lo que decía, para mi gusto y así lo comenté, era que “la gente es tonta”. Curiosamente, esos mismos spots los habíamos visto juntos mi chica y yo unos días antes, lo que posiblemente haría aún más irregular la muestra.

Por más que trato, no encuentro ningún recuerdo concreto del plebiscito del ’80. No quiere decir que no me acuerde de ese evento, de la sensación, de los que se decía –la falta de registros electorales, el clima de miedo y la irregularidad general para realizar una votación de ese tipo-, pero me cuesta encontrar algo personal para ese día. Quizá la imagen que tengo de ese día es el dedo pintado con tinta “indeleble” de los votantes, que mi padre, como muestra de su rebeldía se encargó de limpiar con saliva y un poco de papel higiénico antes de llegar a casa.

Ahora ya oscureció así que no veo Vallecas. Tampoco voy a votar.


Las fotos son gentileza de Nahia.