13 diciembre 2009

Recuerdos electorales



Hoy es día de elecciones en Chile. No me había casi enterado. Apenas me acordaba que este año eran las elecciones hasta que Mauricio -chileno, brillante candidato a doctor en educación- me lo recordó y comenzó a comentarme el devenir electoral, su curiosa fauna de candidatos, los pronósticos y los resultados de las encuestas, los que suben y los que bajan. Desde aquí, mirando hacia Vallecas, me imagino que hoy “Chile demostrará su comportamiento democrático intachable”, “su apego a la tradición electoral y su vocación cívica”.

Recuerdo que en el ’99 ante la posibilidad que saliera Lavín amenazábamos con autoexiliarnos porque no soportábamos vivir en un país que eligiera al “gallito de pelea” luego transmutado en sumo pontífice del Cambio. Por suerte salió Lagos así no necesitamos emigrar ni sentir la vergüenza de hacer juramentos que no cumplíamos.

Recuerdo que el 2005, justo hace 4 años, el día después de la primera vuelta mandé una carta a La Segunda (periódico vespertino de amplia lectura entre las clases acomodadas… qué eufemístico y políticamente correcto que estoy) que los editores publicaron bajo el título “Me cayó la teja”. El texto escrito con un toque semi momio o DCncantado hablaba de la constatación que Piñera no se diferenciaba del resto de la derecha como quería darse a entender. Y con ella tuve mis 7 minutos de fama: la carta le fue leída al propio empresario-candidato por la periodista Soledad Oneto –que años después animaría el Festival de Viña del Mar- y éste argumentó sobre los puntos que yo comentaba. Quizá haya influido en algún elector que trasnochaba frente al televisor a esa hora. Lo más probable es que no.

Recuerdo que el 5 de octubre de 1988 me levanté muy de madrugada, tenía que ir al centro, a la sede del Comando Metropolitano del NO, frente a la casa central de la Universidad Católica donde pasaría el día, “ese día” haciendo seguimiento de noticias. Salí de mi casa en la rotonda Atena, la ciudad estaba toda a oscuras debido a unas bombas puestas la noche anterior en las torres de alta tensión. Caminé hacia Apoquindo (no estoy seguro, pero por lógica debiera ser), hasta que pasó una micro que me llevó a la Alameda. En el cruce de esas calles todo a oscuras, se respiraba una sensación de inmensa soledad. Un camión de militar cruzó la avenida, iba llena de soldados con miradas y fusiles atentos, parecía una película Costa Gavras.



Recuerdo que para la elección de Aylwin pude votar. Pero antes de hacerlo fui a una escuela en el sector de República que era recinto de votación. Era miembro del equipo de conteo rápido que había organizado la Iglesia para evitar las triquiñuelas de su Augusta majestad y por la mañana debía registrar la constitución de las mesas. Al cierre de las éstas, volví al lugar a hacer la parte más importante del proceso: recoger los resultados de las mesas seleccionadas para luego correr hasta un teléfono y dar las cifras en tiempo real. En ese tiempo no teníamos teléfonos móviles, teníamos que movilizarnos hasta una cabina o donde algún buen vecino que nos lo prestara.

En las elecciones parlamentarias del ’97 yo estaba en la Patagonia en el curso con NOLS. Volví a la civilización uno o dos días después de los votos y quedé en shock al saber los resultados. Ese día también fui a la comisaría de Puerto Natales a justificarme por no votar al estar a más de 300 kms de mi lugar de votación. Pocos días antes me había enterado, mientras acampábamos en un fiordo, que Chile se había clasificado para el Mundial de Francia. Esa fue la primera vez que no voté.
Recuerdo que en las elecciones municipales del 2004 estábamos produciendo el documental “Racconti di una Emigrazione” y ese día grabábamos a uno de nuestros entrevistados. Lo acompañamos a votar, mostrando así su integración en la sociedad chilena y responsabilidad ciudadana. Más tarde nos fuimos a su casa a terminar su entrevista y ésta se alargó. Al salir corrí al recinto de votación y llegué tarde, mi mesa ya había sido cerrada. En la edición final del documental, este señor fue cortado de “la versión del director”, pero no por razones políticas. Esa fue la segunda vez que no voté.

En las primeras municipales, las del ’92, trabajé junto a mi círculo más cercano de amigos en uno de los sistemas de conteo de votos oficiales del gobierno. Ahora no éramos voluntarios ni era un registro paralelo. Contratado por Entel Data, la filial dedicada a la transmisión de datos, creo que el sistema era como un preludio de internet. Yo estaba en una salita de la escuela donde se votaba; tenía un ordenador de sobremesa, los portátiles les faltaban algunos años para ser populares. Recogíamos la información a mano de las mesas y las metíamos en el computador, de alguna manera le dábamos la instrucción para que se fuera por el aire hasta las antenas de Entel. El sistema no funcionó, los mensajes nunca salieron así que el gobierno no se llegó a enterar por esa vía sino por la Compañía de Teléfonos de los avances de la elección. Dicen que a los días después cortaron cabezas, entre ellas las del papá de mi amigo que nos convocó, y que en parte producto de esto que el gobierno autorizó a Telefónica a entrar en la larga distancia.



Un lejano recuerdo es el de la consulta del año 78, nosotros nos íbamos al día siguiente a vivir a Osorno, ciudad del sur cercana a Puerto Montt, donde estuvimos por sólo 9 meses. Mi madre le contaba su paso por las urnas a alguna conocida y a mí se me grabó el relato (probablemente a mi madre no): le explicaba que fue a algún colegio pirulo cercano a nuestra casa, probablemente la Scuola Italiana, que ahí eran muy gentiles, los militares de la puerta y las señoras de la mesa de votación; que había entrado a la cabina a marcar su voto y al volver a la urna las encargadas se volvieron amargas y acusadoras, habían perdido toda la cordialidad y llegaban a ser amenazantes. La razón era que en esa elección el papel era muy delgado y se traslucía el voto. En esa época era muy chico para votar.

Recuerdo que para las elecciones presidenciales y parlamentarias del ’93, la que ganó ampliamente Frei Ruiz Tonto, nos invitaron a mí y a mi novia de esa época a un focus group para valorar la campaña de televisión de un partido político que no supimos sino hasta que le dieron play al VHS. Como en todos los estudios de opinión, sean cuantitativos como cualitativos, hay ciertas “irregularidades en la muestra”, en este caso lo éramos ella y yo, pues no debía haber personas que se conocieran entre los participantes. La propaganda era de la Democracia Cristiana y en ella hablaba Gabriel Valdés y esencialmente lo que decía, para mi gusto y así lo comenté, era que “la gente es tonta”. Curiosamente, esos mismos spots los habíamos visto juntos mi chica y yo unos días antes, lo que posiblemente haría aún más irregular la muestra.

Por más que trato, no encuentro ningún recuerdo concreto del plebiscito del ’80. No quiere decir que no me acuerde de ese evento, de la sensación, de los que se decía –la falta de registros electorales, el clima de miedo y la irregularidad general para realizar una votación de ese tipo-, pero me cuesta encontrar algo personal para ese día. Quizá la imagen que tengo de ese día es el dedo pintado con tinta “indeleble” de los votantes, que mi padre, como muestra de su rebeldía se encargó de limpiar con saliva y un poco de papel higiénico antes de llegar a casa.

Ahora ya oscureció así que no veo Vallecas. Tampoco voy a votar.


Las fotos son gentileza de Nahia.

12 agosto 2009



Este era un trovador genial,
más moderno que medieval
en pleno 1203, llamado Andrés.

A su buen rey así le habló
la cruzada propongo yo
contra un enemigo cien pies
la Estupidez

El rey frunció su ancha nariz
la idea no lo hizo feliz
más le dio por obligación
contestación:
Querido y sabio trovador
en mi reino no hay ningún Señor,
que quiera ir a combatir con una ficción.

Con todo respeto mi rey,
pero ya es más real que un buey,
anda en todas partes feroz
igual que Dios.

Tienes talento en el rimar
trovador, pero basta de hablar
de política y de poder
si tienes ganas de comer
ve a componer

Cuanto ha llorado el trovador
años más tarde el rey traidor
lanzó una cruzada al revés
qué insensatez

A ese error se debe quizás
el que hoy cualquier mandamás
defienda con toda honradez
La Estupidez.

EDUARDO PERALTA.

Hace unos días iba a escribir una entrada sobre la Estupidez asociada intrínsecamente a las instituciones, a su médula, a las necesarias formas de control para que ésta funcione, avance y no reine la entropía. Lo de estar metido dentro de una organización me hace recordar que, tal como la censura tiene asociada la falta de respeto a los derechos, también va asociada a la vulgaridad, al mal gusto, y la organización tiene asociada la falta de confianza, el control y la restricciones como efecto residual o, lo que es peor, como base de su funcionamiento. De los dos modos, es antiestética, al igual que la censura. El control me parece tan feo, tan vulgar. Yo no soy un dechado de autocontrol y autodeterminación, por eso lo que veo más vulgar e indeseable de mí se me espeja y amplifica en la institución. Según Francis Fukuyama, la falta de confianza está a la base del retraso en el desarrollo de las sociedades latinas respecto a las nórdicas y, especialmente a las orientales. Cada uno valorará el concepto de desarrollo y verá si le hace sentido la tesis.

Y la Estupidez campea querámoslo o no, cuando un mandamás (al que no conozco) se pone nervioso porque unos jueces y secretarios de juzgados de paz del interior de una provincia al ponerse en contacto comienzan a quejarse de su abandono, luego se empiezan a plantear reivindicaciones y vías para solucionarlos. El nerviosismo del funcionario lo lleva a decidir “dar de baja” a la gente que ya ha terminado el curso, usando una excusa también estúpida: “Ha sido muy exitoso el curso, se ha inscrito mucha gente, hay que sacar algunos para que entren otros”. También me viene a la memoria unas reflexiones de Marcelino Camacho -célebre luchador sindical español, uno de esos “imprescindibles”- “para la autoridad no existen problemas, sólo cabecillas agitadores”. Casi un exceso mencionar que estamos bajo un régimen democrático, gobernado por socialistas.

¡Ay, Andrés, que hubiera sido del mundo si tu rey te hubiera hecho caso!

06 julio 2009

Marcar tarjeta



Hoy me han dado mi nueva tarjeta de ingreso al edificio con un preciso documento con las normas generales de uso:

- Todo el personal está obligado a usarla al entrar o salir del edificio
- Es personal e intransferible
- Las no lecturas de la tarjeta en el sistema informático quedarán contabilizadas como faltas de puntualidad o de asistencia.
- Nunca bajo ningún concepto se deberá saltar o burlar(se) del torno.

Los códigos para entrar y salir según corresponde son:

001 Desayuno. Se fichará a la salida como incidencia en el terminal, teniendo en cuenta el tiempo establecido de 20 minutos, entre las 9:30 y las 12:00. El exceso de tiempo indicado no computará como jornada, por lo que será tiempo a recuperar en el mismo día.
002 Comida. El horario de comida es de 14:00 a 16:00 hrs.
005 Fumar. Se fichará a la salida, teniendo en cuenta que el total del tiempo invertido para esta incidencia tendrá que recuperarse en el mismo día, el tiempo acumulado para esta incidencia es de 20 minutos diarios.
007 Permiso Asuntos Personales. Estas incidencias requieren necesariamente la cumplimentación de un impreso correspondiente autorizado por el responsable del departamento.
008 Vacaciones. ¿Hay que fichar durante las vacaciones?
El escrito continúa:
He recibido de la Empresa Sxx la tarjeta de control de presencia número 2xxxxx comprometiéndome a utilizarla de acuerdo con las indicaciones e instrucciones establecidas por la empresa, asimismo, declaro conocer las derivadas del uso indebido de la misma.
Madrid 03 de julio de 2009
Lo que no saben es que yo salí del edificio cuando “miré por la ventana y me escapé, con una niña que pasaba en bicicleta”, incluso lo hago varias veces al día cuando “salgo a caminar, por la cintura cósmica del sur” o a veces sin fichar “voy por la vereda tropical” o camino por “calle Melancolía”, quizá mañana sin haber fichado “yo caminaré entre las piedras hasta sentir el temblor”.
Espero que el torno no se ofenda con las burlas.

24 septiembre 2008

“Neponimos stassi, Monastirakis. Next station Monasterakis”

Este blog comenzó como una crónica de viaje, inspirado en el anhelo narcisista que otros se interesen por lo que a mí me pasaba mientras recorría África, lo que pensaba y lo que iba viviendo.

Ahora que he vuelto de un viaje de vacaciones, las primeras fuera de las fronteras de España desde que llegué aquí, siento ganas de contar y al mismo tiempo, la duda qué contar.

Para hacerlo fácil, puedo partir de lugares comunes: Grecia tiene: Acrópolis, Islas, Ferries, cientos de turistas, playas soñadas (para quienes les guste la playa), marcha-carrete, maricas buscando a otros maricas (perdón, debí decir Gay, al fin y al cabo tienen dinero suficiente para viajar a Grecia), gyros, pan pita, queso feta y todas las delicias de la cocina mediterránea, casitas blancas colgando de los cerros al mar, cúpulas y campanarios de cientos (no exagero) de iglesias, capillas, ermitas y santuarios ortodoxos –con sus popes vestidos de negro con luengas barbas-, molinos –de viento-, tiendas de souvenirs, vistas sobrecogedoras y románticas –según la hora del día- sobre el mar. También, pero menos visibles, hay ancianos sentados fuera de su casa o en pequeñas placitas compartiendo la conversación o jugando bacgamon en la mesa de un bar. Y si se hace el esfuerzo de buscar un poco más, hay cabras en el cerro, burros, gallinas, montes cruzados por pircas y caminos de piedra y más capillas salpicando de blanco el territorio.

Es un lugar para evadirse y tomarse las “merecidas vacaciones” (qué expresión horrible, como si hubieran vacaciones inmerecidas. Probablemente el término lo inventó el mismo que escribió lo de la hormiguita y la chicharra, o lo de los tres cerditos: un trabajólico preocupado por la productividad y envidioso de los que disfrutaban sin hacer nada) y también es un sitio que me hace pensar, por ejemplo, en los efectos del turismo y la invasión de los que nos movemos buscando novedad, bonitas vistas, entretención, objetos para comprar, exotismo y la posibilidad de caminar por los terrenos que hemos visto en fotos. ¡Vaya fenómeno el turismo! Como visitante me cuesta encontrar las claves de la vida cotidiana que se cuela entre buses cargados de señores con jockey y cámaras de fotos. En el centro de Madrid, en el Paseo del Prado también están los “guiris” con sus mapas, para mí ya son parte del paisaje y cuando voy a una reunión o a comprar algo son menos que una anécdota, pero visto del otro lado, teniendo yo el mapa y buscando el sitio tal o cual, siento la necesidad de entender dónde va ese que habla griego, claro que en una isla donde todos visten bermudas, es más difícil aún comprenderlo.

- Te recomiendo una isla pequeñita, no hay tanto turismo y se está muy bien-. Nos propuso un español que volvía de las Cicladas.

- ¡Ya, por favor, algo donde las hordas no lleguen!

- Folegandros, está entre Santorini y Milos.

Para allá nos fuimos. Viniendo de Santorini, que tiene un sitio de vistas inolvidables como Oia al atardecer y un especie de Playa del Carmen en estilo griego llamado Fira, Folegandros es un pequeño remanso natural. El fin de temporada también nos ayudó a que los espacios estuvieran más vacíos, que no hubiera dificultad para tender la toalla en la playa (es más, estábamos en una playa de 100 mts. de largo con no más de 8 personas) y poder encontrar a los lugareños en sus casas. Poniendo ojo, podíamos identificar el restaurante donde iban los parroquianos y acercarnos a comer donde ellos prefieren hacerlo. Para mí, que ir a la playa y bañarme a gusto, nadando sin preocuparme por el frío del agua está muy bien, pero estar 5 horas bajo el sol no es mi deporte favorito, la oportunidad de caminar por los cerros después de meses de no hacerlo; recorrer los senderos guiándome por un mapa (¡sí, como en los viejos tiempos!), sintiendo el viento, pisando el suelo agreste y buscando la ruta, fue lo mejor del viaje, mi espacio más personal.

Y en Atenas, parada obligatoria pero sólo para una breve visita, recorriendo el Museo de Arqueología, paseando entre esculturas imponentes, máscaras fúnebres, y vestigios de su época gloriosa, me surgió otra reflexión, asociada a su historia, sus ruinas que hablaban de una ciudad organizada y ambiciosa, y el legado que nos dejaron. Me preguntaba cómo esos señores en plena época de tiranos, reyes, emperadores, dinastías que conquistaban con armas a medio mundo, hayan elegido como forma de gobierno un sistema en que votaban las decisiones y elegían a sus líderes, concientes que la democracia era el mejor modo de desarrollarse, de florecer y dar espacio para la creación de obras de arte y de pensamiento. Ahora nos parece bastante normal (digo “bastante” pues experiencias de tiranos aún las recordamos), pero en el contexto de esos tiempos, me maravilla y me intriga cómo llegaron a esa decisión. Quizá hayan sido nuestros hermanos extraterrestres los que les pasaron el dato.

29 agosto 2008

Una tarde en el Normandie... y sus consecuencias.

Si sueñas con Nueva York y con Europa.
Te quejas de nuestra gente y de su ropa.
Vives amando el cine arte del Normandie.
Si eres artista y los indios no te entienden,
si tu vanguardia aquí no se vende.
Si quieres ser occidental de segunda mano.
¿Por qué no te vas?...

Los Prisioneros

En 1990, cuando recién entraba a la universidad, fui a ver Vértigo, de Alfred Hitchcock, al mítico Cine Arte Normandie, ese enclavado en plena Alameda, a pasos de Plaza Italia.

Recuerdo haber ido a la función vespertina con una compañera de curso preciosa, de esas bellezas que asustan. Yo era entonces un chico tímido e inseguro y ella una mujer, al menos en apariencia, implacable, aguda y deslumbrante.

En medio de la película yo me pegué un par de cabeceadas que fueron rápidamente detectadas por mi compañera que me dio sendos codazos, regalándome una de sus penetrantes miradas. Yo, muy azorado, traté de negar lo innegable, pero las evidencias eran irrefutables. Nunca he sido de andarme quedando dormido en los cines, pero esa vez sí. Y justo con ella.

En primer año de universidad, con toda la mística y el ambientillo que tenía ese cine, en esa película, “un clásico del maestro del suspense”, y junto a la chica más deseada de mi curso y probablemente de buena parte de la escuela. ¡Cómo podía quedarme dormido en ese momento! No sé si ella me lo llegó a perdonar, yo no me lo perdono.

Hace unos meses, a finales del master, leí un libro llamado La Dramaturgia de Ives Lavandier. El autor analiza la estructura y el argumento de Vértigo. Según este autor, la primera parte de la película es errática y no hay conflicto, la define como dos acciones interesantes con un largo vacío en medio. Termina diciendo que le sobraba bastante metraje, sobre todo al principio.

Tuvieron que pasar 18 años para encontrar la explicación, en parte, a lo que me ocurrió en aquella tarde. Lavandier no se refiere a las horas de sueño o al nivel de apremio académico al que estaba sometido en aquellos tiempos (que no debe haber sido mucho, porque no estudiaba demasiado), pero su análisis demuestra, pese a todas las alabanzas de la crítica y los teóricos de la Novel Vague, los problemas de construcción dramática de la película. Y ya está, yo resentí los problemas argumentales como también lo hicieron los espectadores en su estreno, esto según crónicas de la época.

Gracias, Ives, leyendo tu libro me re encontré con un evento de mi pasado que, aunque casi olvidado, dejó huella en mi autoestima (en palabras de guionista todo un “pony”). Perdona, Javiera, lo que ocurrió fue sólo que me aburrí en la parte de la película que era aburrida.



Nota del editor: La entrega anterior fue brutalmente censurada, razón por la que el encabezado no tiene relación con lo que dice después y las fotos parecen estar colgando. Esta decisión obedece a razones de supervivencia económica. Dados los juicios y los hechos relatados, se ha decidido aplazar la publicación para evitar cualquier tipo de represalia económica. (Ya lo decía el padre del autor: Ahorra, para que tengas libertad y puedas moverte libremente sin que nadie te ate por asuntos económicos)

27 mayo 2008

Nuestros lejanos hermanos



Hay series que recuerdo especialmente de mi infancia, una de ellas es Perdidos en el Espacio. Ya en ese tiempo era antigua pero en la tele chilena de los 70 y 80 la daban como si recién la hubieran estrenado. En ese tiempo no había cable y no nos enterábamos qué pasaba en la televisión en otras partes. Veíamos felices series que tenías 10, 15 ó más años. Otra serie importante era Star Trek, que me gustaba pero no como para volverme un friky. Ambas tenían en común que estaban llenas de marcianos. En cada capítulo aparecían seres de distintas galaxias y planetas que interactuaban con los protagonistas según sus maneras y educación.

Después vendrían muchos más programas plagados de alienígenas, pero esos son los primeros que recuerdo.

Distinto era hablar en serio con los amigos sobre Ovnis. Aparecía entre nosotros un halo de misterio, dividiéndonos entre los que creían y no creían. Junto a fantasmas y el espiritismo eran los temas que hacían de nuestras discusiones algo importante, que nos definía. Mucho antes que la política, marcaba el “estás con ellos o con nosotros”. No faltaba el que imbuido de una estricta formación religiosa argumentaba taxativo que todos esos fenómenos eran contrarios a las creencias religiosas, que un católico no podía pensar que fueran ciertas.

En materia de extraterrestres, eso ha cambiado. Hace unos días, el Vaticano, a dicho que “es posible creer en Dios y en extraterrestres”. Vaya, no es una cuestión baladí. José Gabriel Funes, cura, astrofísico, argentino y jesuita ha dicho en L’Obsservatore Romano que “para la Iglesia existe la posibilidad que existan otras formas de vida fuera de la Tierra y que todas ellas habrían surgido de la fuerza creadora de Dios”. (Pausa, respira, léelo de nuevo si quieres).

Inmediatamente, las preguntas que surgen son muchas: ¿Tienen los extraterrestres su propio Cristo o aprovechan el sacrificio del nuestro? ¿Tuvieron un paraíso en su planeta? ¿Cuando vayamos al cielo -los que vayan-, nos encontraremos con ellos como en el bar de Star Wars? ¿Vivirán en pecado o serán inmaculados? Esta pregunta sí que me preocupa, me imagino las tremendas piedras que podrían llegar a lanzar. Según el sacerdote-argentino-astrofísico-jesuita, puede que los alienígenas no necesiten redención, que vivan en plena amistad con el Creador, pero aclara que si fueran tan pecadores como nosotros, también tendrían la posibilidad de disfrutar de la misericordia de Dios. O sea, ellos también están salvados.

Sospecho que habrá quienes estén encontrándole razón a J.J. Benítez con su Caballo de Troya. Seguro estarán pensando que no sólo los extraterrestres creen en Dios, sino que Cristo mismo es un marciano que vino de otro planeta para salvarnos. Yo prefiero pensar que no: los que viven en las estrellas con sus negocios y nosotros con el nuestro.

Que la Iglesia acepte a los extraterrestres como parte de la creación plantea desafíos importantes. Ejemplo: cuando los vuelos ínter espaciales sean cotidianos y la gente esté viviendo en los otros planetas, habrá que hacer iglesias en que convivan los creyentes de distintas galaxias. Me imagino sentados escuchando la prédica a E.T., los coneheads, Yoda, los vulcanos, Starman, Mork, el señor Spock, incluso Alien y el Depredador (Qué susto). No por nada el artículo del diario vaticano se llama “Los extraterrestres son mis hermanos”.

No sería raro que con el tiempo se aceptara que otros de los seres que eran centro de nuestras controversias sean parte de la Creación e hijos de Dios. Así hablaríamos de “nuestros hermanos espectros, hermanos zombies, hermanas brujas y meigas, hermanas hadas, nuestra hermana Pincoya y hermano Trauco, entre otros.

Tal vez incluso tengamos hermanos Hobbits.

16 marzo 2008

"De película"

¿Cómo estuvo la fiesta? Estuvo “de película”. ¿Cómo salió la presentación a los jefes?, salió “de película", no podría haber salido mejor. Y yo, inquieto e inconformista, pregunto si “de película” significa necesariamente que es bueno, lo máximo, superior, lo mejor. Y lo digo porque las cosas que pasan en las películas no siempre son tan envidiables como para tenerlas como punto de comparación. Yo no sé si querría que mi vida o episodios de mi vida salieran “de película” porque hay películas y películas. No me estoy refiriendo a la calidad de ellas, sino a sus historias. No querría, por ejemplo, ir a una fiesta que saliera como El Exorcista o que mi primera salida con una señorita fuera como Apocalipsis Now ni que un viaje de vacaciones hubiera estado como El expreso de Medianoche. Puede ser porque lo que cuentan las películas, y cualquier relato, se basa en el conflicto y yo evito los conflictos.


Creo que lo que realmente apreciamos de las películas, lo que nos atrae son sus personajes, especialmente sus protagonistas, tanto los heroicos como los “sin mucho brillo”. No me gustaría que me pasaran las cosas que le pasan a Indiana Jones –personalmente, verme atrapado en una cámara mortuoria llena de serpientes no me atrae-, pero sí me gustaría poder actuar como él en esos momentos o en cualquier situación que necesite resolver con decisión. Según William Goldman en Nuevas aventuras de un guionista en Hollywood lo que atrae de los héroes cinematográficos tiene que ver con el tiempo y el valor. El tiempo, porque les ocurren y hacen ocurrir muchas cosas en un lapso de 2 horas, y el valor, porque enfrentan las situaciones y actúan. Tienen coraje. Ven a una chica en peligro y la salvan, descubren injusticias cometidas contra pequeños pueblos, los defienden, sufren la muerte de sus parejas e hijos y terminan la sinfonía inconclusa, se vengan de los que les hacen daño, hacen negocios millonarios, abordan a personas de sexo opuesto sin arrugarse, dejan que la mujer que aman se vaya con su marido, recibiendo a cambio “el comienzo de una bella amistad”. Cómo me gustaría tener una partecita pequeña del valor y decisión de los personajes de las películas.


Imagen "gentileza" del Master de guión de ficción de
cine y televisión de la Universidad Pontificia de Salamanca.



19 noviembre 2007

Consumidores

Hasta ayer los días estaban, si bien fríos, soleados, lo que daba una esperanza de tibieza cotidiana. Pero hoy, cambió. Hace un par de horas se puso a granizar lo que para mí fue totalmente inesperado. No me había percatado que hiciera ese frío, pero claro, dentro de casa todo es distinto, por primera vez vivo con calefacción central, poder moverme tranquilamente de la habitación al salón y de ahí a la cocina sin tener que abrigarme, sin tener que arrastrar una estufa sea de gas, eléctrica o parafina. Todo un lujo.
Donde sí he sentido frío ha sido en Salamanca, ahí el trayecto matinal de la casa de Gregorio hasta la facultad es de un frío profundo, inexorable y penetrante. Dentro de las aulas volvemos al confort del calor regulado. Gregorio es un compañero chileno que a las pocas semanas de clases demostró que “el chileno es solidario” –frase que me imagino en estos días debe estar de moda en Chile- y me invitó a quedarme en su casa la noche de los jueves. Mi presupuesto lo agradece y mi deseo de compañía y conversa sobre la chilenidad, las mujeres pelar a los españoles, también.
El master de la Pontificia de Salamanca es de escritura de ficción para cine y para televisión, por lo que he comenzado a ver con más regularidad series españolas y gringas. La mayoría me han gustado. Pero esta experiencia audiovisual cotidiana se ve interrumpida, como en todas partes, por largas tandas de publicidad, que versan principalmente sobre productos de belleza, telefonía móvil y automóviles. Si alguna vez en nuestra tevé local se respetaba que en cada tanda veíamos una marca por cada producto, es decir, si auspiciaba Jumbo no lo hacía Líder. Creo que ya no es así. Pero acá impresiona, a un comercial de Toyota le sigue Renault, uno de Vodafone, uno de Movistar y otro de Ford. Parece que el deseo de motorizarse y comunicarse es apremiante.
Alvaro, uno de mis compañeros de piso, me cuenta del impresionante apetito de comprar teléfonos móviles de los madrileños, desde hace pocos días trabaja en una tienda de Vodafone y el sábado nos relataba el flujo de personas y los niveles de venta que tienen en el local.
Nos pusimos a elucubrar sobre móviles y automóviles y nuestra conclusión fue que los teléfonos celulares son a los pobres lo que los autos a los ricos. Aclaro, cuando me refiero a ricos y pobres es una distinción arbitraria entre quienes tienen el poder adquisitivo para comprarse un vehículo y los que no pueden acceder a él, pero nada tiene que ver con el resto de sus gastos y formas de vida, sin olvidar que los parámetros de bienestar económico son bien distintos en España que en Chile.
Todo pasa por la sensación de satisfacción y de estatus, uno y otro pueden producir sensaciones similares. Por ejemplo, la necesidad de cambiarlos con frecuencia, los autos cada uno o dos años, los móviles cada su par de meses, unido va el anhelo de tener la última generación y los adelantos más recientes del mercado. En algunas familias a cierta edad se les regala su primer auto, en otras, su primer teléfono portátil. La conversación social sobre unos y otros siempre es comparativa y trasluce un sesgo de competitividad y envidia del tipo “el mío corre a tanto”, “el mío tiene video conferencia con Internet...”. En ambos casos hay los que se los compran sobre dimensionados para sus necesidades: enormes 4x4 que nunca salen del asfalto y blackberries que no envían ningún correo electrónico (pasando por alto que son feos e incómodos).
Y existen los consumidores poco consumidores, inmunes a las tentaciones de publicidad y promociones, que conservan sus cacharros y sus aparatos por mucho tiempo sea por indiferencia u opción política “anti consumo”.

En fin, sé que sonará clasista, muy clasista, pero en buen chileno diríamos que los cuicos hacen ostentación de sus autos y los rotos de sus celulares.

Pd: Gracias por los saludos de cumpleaños.

08 octubre 2007

¿En qué gasolineras suele repostar con más frecuencia?


En una gasolinera de Repsol, en Arturo Soria, en el sector de Ciudad Lineal.

Un auto moderno y bien cuidado se detiene frente al surtidor de gasoil.

Se baja el conductor, viste de corbata y pantalón de traje. Abre la puerta trasera y saca su chaqueta. Se la pone y se abotona. Da la vuelta al coche, descuelga la manguera y llena el estanque. Va a la tienda, paga, vuelve a su vehículo. Abre la puerta trasera, desabotona la chaqueta y se la saca, la deja extendida en el asiento trasero. Cierra la puerta, abre la del conductor, se sube y parte.

"Menudo comportamiento", pienso. No es el único. Como él, hay un cierto perfil de sujetos que repiten esta acción.

Esas son las cosas, entre muchas otras, que puedo observar mientras hago las encuestas. Al final, siete días en una gasolinera da para muchas historias, para muchas reflexiones. Hay una que me sale a partir de algunas de las respuestas más frecuentes: "que ahora no puedo, llevo prisa", "es que estoy apurado", "no tengo tiempo". Uf, cómo nos armamos para ir así por la vida.

Pero sobre todo ¿cómo se puede no tener tiempo? Si el reloj sigue corriendo, o más aún, el sol sale, da todo su giro y se pone para todos por igual. ¿Cómo se nos acaba el tiempo? O es que lo dejamos botado por ahí o lo gastamos, lo perdemos. Quizá nos podamos compartir el tiempo. El que tiene más le podría dar algo al que ya no tiene. Claro que no logro imaginarme cómo se podría hacer -"oiga, le regalo una hora" o "tome, creo que con un amanecer y dos atardeceres va a andar mejor, no se preocupe por devolvermelos, tengo suficientes. Es que llevo un par de meses ahorrando tiempo". No sé es raro.

Igual no me contestaban la encuesta.

12 septiembre 2007

Vorrei un Dolce

El verano transcurría en Madrid y yo sumergido en él como otros estarían sumergidos en las aguas del Mediterráneo o en el Atlántico de las Canarias. Para sacarle buen partido a este tiempo en que no pasa nada –en Santiago se trabaja en febrero comparado con el agosto español- y capear el calor, me apunté a la Biblioteca Nacional, y fui cada tarde a estudiar unos libros sobre cine y filosofía que me recomendó Miguel Castro y otros de narrativa de guión sugeridos por unas promisorias guionistas españolas que conocí en el lanzamiento de un libro en la Feria de Madrid.
En uno de los viajes del bus 37, desde Puente de Vallecas al paseo de Recoletos, justo antes de bajarme, se para una chica rubia con unos grandes lentes oscuros, con la marca D&G grabada con pequeños cristales. Al día siguiente, por esas extrañas probabilidades, la misma chica, ahora con una amiga, se bajan en la misma parada. Ambas llevaban gafas de sol de Dolce y Gabana. Así me acordé de una de las más divertidas situaciones que me ocurrió estando en Dakar, Senegal, que describe muy bien el carácter de los intrépidos senegaleses. Era el último día de mi estadía en África, partimos con Cinzia al Grand Marchè de la ciudad a hacer unas compras, regalos y souvenirs. Este mercado podría recordar a Patronato en vísperas de navidad, pero en negro: muchos negocios y puestos callejeros vendiendo de todo: ropa, enseres de casa, telas –de esas coloridas con que se hacen los trajes las mujeres africanas-, artesanías, discos –piratas en su mayoría-, gasfitería, lo que se nos ocurra. Multitudes que pululan, donde no se distingue quién es cliente, quién vende, quién busca a algún blanco para hacerle de guía, quién sólo pasa horas en la acera conversando con sus conocidos, esta última una práctica muy recurrente en esa zona del planeta.

Almorzamos en un antro que intentaré describir, a sabiendas que no lograré expresar del todo el ambiente y la magia del espacio: de la calle se ve una puerta ancha, metálica que no llama mucho la atención, dentro es un gran patio, que forma especies de galerías entre los pilares del edificio las paredes ennegrecidas no supe si alguna vez estuvieron pintadas. En hileras contra las paredes unos puestos de comida con parrilla de carbón, rodeadas de pequeñas mesas y bancas para los comensales. Detrás de las parrillas, uno o dos “chefs” preparaban la comida. Enfrentados, dejando un estrecho pasillo, otros mesones donde vendían las bebidas. El aire era humo con olor a carne asada, imaginar 17 asados todos juntos en un espacio semicerrado. El menú único de todos los puestos era unas brochetas con carne asada ahí mismo, metidas en un gran pan, con cebolla y salsas de sabores poco definibles para el paladar extranjero. Había dos variedades de brochetas, apanadas y simples. Cada brocheta debe haber costado menos de 20 pesos cada una.
Sentados frente a una de estas parrillas, sintiendo el calor de las brazas a un metro nuestro, con nuestro olfato hiper estimulado y obviamente, siendo los únicos dos blancos del lugar y Cinzia una de las pocas mujeres a la mesa. Pero a diferencia de la calle donde todos se acercan a los blancos a ofrecer productos y servicios, aquí nadie se fijaba ni nos molestaba. Nos dimos un atracón de brochetas de las dos variedades, con o sin cebolla, probando de una y otra salsa, acompañado todo con su par de coca-colas. Quedamos “pochitos” de estómago, y con la ropa empachada de olores.


A la salida, caminando hacia algún puesto que no habíamos definido, a comprar algo que podría ser una polera o un bolso, conversamos entre nosotros de sobre los sabores y sensaciones con que salíamos. Cinzia manifestó su deseo de coronar el banquete con un postre. En italiano la frase sería “mmm, adesso vorrei un dolce”. Inmediatamente respondí,
dada mi costumbre de unir ideas sólo por su sonido (sicopatología común en los esquizofrénicos, hay que decirlo), “un dolce y gabana”. Fome sería la traducción no de las palabras de mi italiana, sino de su cara.
Una manzana o más allá, ahora sabiendo dónde íbamos, se nos acerca un negro con unos jeans para que los compráramos. Como a tantos otros, le dijimos que no nos interesaba, pero él insistía e insistía que nosotros lo habíamos dicho, casi se los habíamos encargado, que él nos los daba baratos, tal como nosotros queríamos y nos mostraba la etiqueta: eran “auténticos pantalones Dolce y Gabana”. No podíamos disimular nuestra sorpresa y la risa, cómo este avezado comerciante estaba tan volcado al cliente que nos traía el producto que deseábamos apenas lo mencionamos. Debería usarlo como ejemplo en los cursos de ventas y atención al cliente. Tratamos de explicarle que sólo era un chiste –imaginar explicando en francés un juego de palabras en italiano a un senegalés-. Hubo que insistir, como era de esperar, se fue indignado, pero después de cuatro semanas ya sabía que no era un enojo real, sólo una estrategia comercial.
Al rato volvió para mostrarnos dónde podíamos comprar unos bolsos y cuadros que sí nos interesaban.

Esas cosas no pasan en Madrid.

01 julio 2007

Yo me bajo en Barcelona Sanz, pero sólo por unos días.









Las encuestas me han llevado a subir nuevamente a los trenes de cercanías, esta vez en Catalunya, Barcelona. Otra vez trenes pa' llá, trenes pa'cá. Pero el escenario era distinto, la línea que me tocó trabajar iba junto al mar. Mi primera sensación fue ¡Mar, cómo extrañaba el mar! y qué bien que se siente la brisa marina y las olitas y la gente pasándoselo bien. Ahora la jornada era más larga, de 8 ó 9 horas cada día, claro que con un laaaargo almuerzo de como 3 horas en que la gente no se sube a los trenes. Eso me dio tiempo para dar una vueltita, sentir la arena tomar algo de sol.

Pero "sorpresas te da la vida, la vida te da sorpresas", el viernes en la mañana (tercer día de cinco), me llamaron de Madrid para decirme que el estudio se había suspendido porque estaba colapsado el sistema de trenes de Catalunya por el descarrilamiento de un tren. ¡Plop!. Pero como en cada problema hay una oportunidad ("y vea el vaso medio lleno"... "piense positivo", "no diga sí cuando quiera decir no"...) tenía 2 días y medio para disfrutar de Barcelona a mi gusto. Así que llamé a mi amiga Raquel, quién gentilmente me había ofrecido su piso para quedarme si lo necesitaba. Me fui para el depto de Raquel y su novio. De ahí, puro pasarlo bien. Pasear por esa ciudad tan joven y novedosa que yo la definiría como un adolescente sobre estimulado, siempre llena de edificios y nuevos sectores, y vanguardia y reflote de edificios y lo último en arquitectura y nuevos... nuevos... nuevos... (Si Barcelona es un adolescente, Madrid es como uno de esos señores que se encuentran en los bares, con su boina calada, puchito en los labios, tomando un tradicional vaso de vino y sus tapas -más información escuchar las canciones de Sabina).Por lo mismo, mis horas siguientes fueron muy estimulantes, incluyendo la celebración de la noche de San Juan donde Barcelona se volcó a la playa a pasar la noche bailando y tomando (era que no!).
Con una resaca memorable y luego de almorzar "sanito" (ensaladas y mucha agua) me despedí de mis generosos anfitriones y volví a Madrid en el tren de alta velocidad. No descarriló, me bajé en Atocha.

01 junio 2007

Impresiones desde la ventana de un tren



"Y, en la estación de las dudas,
Muere un tren de cercanías..."

Joaquín Sabina

Ayer me pagaron mi primer cheque en Madrid. Fue mi justo pago por trabajar haciendo encuestas en los trenes de cercanía, labor que me permitió tener un acercamiento profundo a la opinión y aspectos del modo de ser de los madrileños.
El recorrido que me asignaron para las encuestas es la línea C4, la que va hasta Alcalá de Henares y Guadalajara. La misma donde se produjeron los atentados más grandes del 11/M. Pero como Cool McCool, yo “amo el peligro”.
4 horas diarias de enfrentar a pasajeros para hacer 16 encuestas larguísimas –¿quién las diseñó, ¡¡por Dios!!?-, las que, de hacerlas bien tomaban al menos 12 minutos por cada pasajero, siempre que la persona hablara bien el castellano y no divagara por cada pregunta. - ¿Cómo evaluaría de 0 a 9 el servicio de trenes de Cercanías en forma global? - Mmm, está bien, pero, sabe, yo lo que haría es que pondría más frecuencia para acá, y los asientos están un poco duros, a las horas punta vamos apretados como animales, pero claro, al lado de usar el coche, uf! En coche son unos atascos eternos… - ¿Perdón y en nota de 0 a 9? - Ah, sí, está bien, está bien…
Luego de dos semanas entrevistando madrileños, puedo concluir que:
- La mayoría de las personas de más de 45 años, valora el servicio de cercanías porque tienen muy claro como era España hace 30 años donde un servicio de esa cualidad era impensable. - Entre los jóvenes las opiniones son más bien críticas. Divididos entre los que detestan el trato que se les da a ellos, a los inmigrantes y en general cualquier atisbo de discriminación (yo creo que no sólo en Cercanías, pero nosotros les preguntamos), los que se quejan del precio, tanto por su economía personal como por rol que debe tener un medio de transporte público, es decir, una mirada política del tema (en su amplia acepción). Los jóvenes que critican el servicio en todas sus aristas, que son exactamente lo opuesto a los mayores de 45, no vivieron la España franquista y post franquista y sus parámetros de exigencia son mucho más altos.
Los más agradecidos y admirados son los inmigrantes, tanto sudamericanos como europeo orientales –los africanos subsaharianos son más difíciles de encuestar porque hablan poco español, incluso uno que abordé, Maliense, no hablaba ni francés, aunque pudo sur un truco para no tener que hablar (ahora que lo pienso, debí haberlo acosado más, habría sido mi justa venganza de todos los que me insistían e insistían. Hubiera sido bueno: hostigándolo por varios kilómetros, “vamos, contesta, si no te va a costar nada, vamos, que lo hacemos en francés, vamos, c’e bon, c’e bon. Mali, c’èst tre jolly, responde negro conchetumadre, mon amie, j’ame Mali, j’ai un’ amie au Mali, Vamos, respóndeme la encuesta, qué te cuesta, Uh seo, umana seo, Nereyef, hazme la encuesta, l’encuesta è tre jolly… así hasta que se bajara. ¿Por qué no se me ocurrió antes? Volviendo, decía que los sudamericanos están sencillamente maravillados con el sistema de trenes y los rumanos, polacos, ucranianos y rusos (entre los que me tocaron) tienen una serena admiración por los trenes de cercanía. Matizando, algunos peruanos o bolivianos me dieron la impresión que contestaban a todo bien por algún tipo de temor a represalia o a que le pidiera si tenía papeles, a cierta amenaza implícita en que les preguntaran tanto. Pero sin lugar a dudas, son los que tenían mejor voluntad y hablan castellano. También había una cierta “solidaridad latinoamericana” cuando se daban cuenta que soy chileno. Si de estadísticas se trata, claramente que la muestra estaba sesgada hacia los latinoamericanos, también los caribeños “eran muy majos”, los estudiantes universitarios –contestaban como avión, eran las más rápidas y efectivas- y las mujeres jóvenes…no sé si es necesario explicar por qué. Pero entre este grupo era donde se daba la peor evaluación de la sensación de seguridad ante la delincuencia en estaciones y trenes. Nos acercamos al estado de miedo que se va impregnando en nuestras ciudades. Respuestas como “a mi no me ha pasado nada, pero igual le doy una nota baja” eran bastante frecuencia. “Que faltaban guardias” era una respuesta común en distintos grupos sociales y etáreos.
A medida que pasaban los días y luego de conocer a dos de mis colegas y sus modos de hacer las encuestas, mi excesivo celo se fue relajando, en parte porque era casi imposible hacer todas las encuestas en el tiempo que se nos daba. No puedo dar detalles de cómo fue el método empleado, éste es un espacio público y no se sabe nunca si el supervisor podría llegar aquí buceando por Internet.
Fui aprendiendo a evitar a los rubitos, con ojos claros y melancólicos, seguro que son europeos del este; algunos ni ahí con contestar, lo que al final era mejor, pero otros con voluntad de oro pero con muy poco manejo del español, por lo cual pasarle la encuesta se hacía una tarea de titanes…del ring (nunca pensé que me iba a poner discriminador, de los rubios).
Es cierto también que a algunos españoles no les entendía un carajo, sumándole el ruido del tren, tenía que intuir por los ojos la nota que querían poner. Para los números ya era chiste. Nunca pude anotar un teléfono de corrido sin que tuvieran que repetirlo varias veces, entre que los dicen muy rápido y muy cerrado ¿cuánto, dos dos qué…? Pero bien, cuando terminaba de anotarlo, la encuesta había terminado, me despedía muy gentil y agradecido, las chicas que habían estado muy reservadas por fin sonreían y me iba “a por el siguiente”.
Mucha estadística, para conocer lo que se podría saber preguntando a un par y usando el buen criterio.

21 febrero 2007

Diatribas celestiales






Roma, a pasos del Vaticano, 29 de enero de 2007, 21:00 hrs.

En medio de tantas pinturas vaticanas, presto oído a lo que dicen los retratados, querubines envejecidos, pudorosos y aburridos de su desnudez regordeta. Algunos ejemplos de lo que comentan os los reproduzco a continuación:

Adán quiere comer ensalada de tomates, no más manzanas. Eva quiere una buena sesión de sexo, no más diálogos enredados con serpientes ni un marido que la culpa de sus actos.

Dios quiere pasar a retiro, pero el Espíritu Santo no está dispuesto a sucederlo y no confía en el hijo porque es muy subversivo, capaz que deje el universo volteado… los pobres arriba y los ricos abajo.

San Pedro, por él cuelga las llaves. San Mateo se encargaría gustoso (no más escritura evangélica) pero nadie piensa que “dé el ancho”. Santo Tomás también le gustaría, pero conciente de sí mismo, sabe que como es desconfiado, no entraría al cielo ni el 20% de los que entran hoy.

San Juan es un mozalbete mimado que anda buscando cualquier pecho donde recostar su cabeza, además, teme que se sepa que su evangelio no lo escribió él, en realidad escribió partes, pero lo editó y redactó la mayoría de los textos un discípulo suyo del que nadie se acuerda.

San Esteba todavía se cura los moretones de los peñascazos y se queja amargamente por su martirio permanente, el triste registro de haber sido el primero no le da ningún consuelo.

María guarda silencio.

Magdalena le gusta coleccionar canciones, escritos y pinturas que la retratan. Se ríe de los que la creen meretriz, pero no le molesta que la idea ronde en el aire.

San Pablo revisa diariamente sus cartas, las corrige y vuelve a escribir, pensando que algún día va a hacer una segunda edición. Nadie lo dice, pero todos saben que siente envidia "que el inculto de San Pedro", tenga una basílica más grande que la suya en el corazón de Roma.

Judas goza de una eternidad sin sobresaltos ni preocupaciones en una cómoda villa a las afueras del cielo. Nadie lo molesta con la condición que no abra la boca ni se deje ver por las dependencias celestiales.

Simón el Zelote intentó organizar unas milicias, contactó a alguno de los arcángeles con espada pero lo pararon en seco. Sigue siendo un inconformista y hay quienes creen que estaría complotando.

María guarda todas estas cosas en su corazón.

Así por los siglos de los siglos.

15 febrero 2007

De comparaciones, libros y cine




Una de las cosas que siento como una sutil, casi imperceptible, diferencia entre viajar en Africa y hacerlo diariamente en Madrid no es con la calidad ni comodidad del transporte, que saltan a la vista y son obvias. Tiene que ver con la lectura. En los dos meses que pasé moviéndome por África, sólo una vez vi en un bus a alguien con un libro en la mano. A veces me sentía más raro por andar con un libro que por ser blanco.
Viajando de Bamako (capital de Mali) a Segou, antes de salir de la ciudad el bus se detuvo mucho rato (como casi en todos los recorridos) y hubo un tira y afloja entre unos que querían viajar y los del bus que no los querían dejar subir cosa que hizo que el ambiente se pusiera medio tenso, medio divertido (como suelen ser ese tipo de situaciones en aquellas latitudes). De pronto pasa un tipo por mi lado y jala del libro que tenía en la mano (High Fidelity de Nick Hornby, muy recomendable para treinteañeros solteros), yo lo tenía tomado con firmeza y reaccioné a tiempo para que no lo sacara. No creo que fuera a robarlo ni nada, pero no entendí si era un modo de establecer contacto, de ser simpático o, por el contrario, de mostrar presencia con un pequeño acto de fuerza. Fue un extraño episodio en torno a un libro, un objeto muy raro en esas latitudes.
No recuerdo haber visto que vendieran muchos libros en las calles o que hubieran muchas librerías. Sí estuve en una muy bien surtida en Dakar, pero que claro no era para la gran población.
En Madrid, cada vez que viajo en Metro hay por lo menos dos personas por carro leyendo un libro y, dependiendo la hora, varios más leyendo el diario.
Las principales librerías del centro de Madrid (FNAC, Casa del Libro) tienen varios pisos (varios es, por lo menos más de dos), en los kioskos se venden libros y en el centro hay diversas librerías temáticas. En el mercado del Rastro, los domingos, la cantidad de puestos de venta de libros usados es llamativa.
A propósito de libros y grandes tiendas, FNAC tiene en el tercer piso una sala de lectura, como un living semicircular, con dos gradas y alfombrado, separado del resto de la tienda con un vidrio, dentro se escucha jazz y así no se siente el bullicio de los que compran (o se pasean). Se puede encontrar entre 5 y 20 personas devorando novelas, libros de arte, técnicos, de tecnología o comics, "sin pagar".
El miércoles, que para mí es día de cine, andaba con deseos de ver una película, pero como ando en plan de ahorro, en vez de ir al cine y pagar los €5 ($3500 de los chilenos, el día barato) me fui a FNAC, tomé el guión de VOLVER, la última producción de Pedro Almodóvar (que no había alcanzado a ver), me senté en la salita y leí el film de un tirón. Cuando termíné, a la hora y tres cuartos, me sequé la nariz (porque de verdad me emocioné), dejé el libro y volví a mi casa.
Así tuve mi día de cine.
Esas cosas las permite Madrid.

09 febrero 2007

Paseando por Roma






Siguiendo los pasos de Leonardo, llegamos a Roma, ciudad donde el maestro vivió sus momentos más oscuros. Ignorado, sin trabajo concreto, eclipsado por las figuras emergentes de Rafael y Miguel Angel, espiado y vilipendiado.
Al poco tiempo volvería a Milán, donde conocería al Rey Francisco I de Francia, quién lo invitó a pasar sus últimos años en su corte.

31 enero 2007

Siguiendo la ruta de Leonardo





En el camino nuevamente. Esta vez, vamos persiguiendo a uno de los seres más deslumbrantes, intrigantes, admirados e incomprendidos de la historia Europea.

Hemos hecho el camino al revés, comenzando por el lugar donde están algunas de sus principales obras pictóricas, su lecho de muerte en el castillo de la campiña francesa donde vivió sus últimos años, medio invitado, medio autoexiliado desde su Italia.

Vaya inculto que soy. Vaya todo lo que me he perdido estos años al quedarme apenas con lo que me había dado el colegio, pensando que era sólo un pintor ilustre, desconociendo que ésta es apenas una de las múltiples facetas de su deslumbrante persona y que, probablemente, no fue la que le dio sus mayores satisfacciones.

Pero la vida me da nuevas oportunidades para aprender lo que no atrapé en otras épocas y me regala (¡¡una vez más!!)la ruta completa de su vida, siguiendo su trabajo, sus diseños, sus obras terminadas y las que dejó a medias, que son hartas -¡aún tenemos patria los que nos cuesta dar la puntada final!-. Y lo más interesante, asomarme a su pensamiento, a su ideas disruptivas y rompe esquemas, a su obstinación que lo llevó a fracasos rotundos al rechazo y la mofa.

La suerte de hacer el camino junto a Vittorio, con setenta y tantos años de energía y conocimientos; Alex, como siempre un motor generando ideas, proyectos y soluciones a lo que se presente; Stefania, pequeña, inquieta y cultísima; y este alumno deseoso de beber experiencias y aprendizajes.

Hemos conversado con personajes ilustrícimos (y uno que otro pelmazo arrogante), entrado a la trastienda de algunos de los principales museos de Francia e Italia, recorrido castillos, palacios y Basílicas, visitando sus campanarios y torres más allá de lo que verán los ojos de turisas. Nos hemos sumergidos en los fines del siglo XV y principios del XVI, con sus momentos "más sublimes y más perversos".

Seguimos la huella que nos llevará hasta el corazón de la Región Toscana, Vinci, y desde ahí escribir contar en imágenes de este señor Leonardo.

02 enero 2007

Lo que Salamanca non presta, nadie te lo quita


Baco.


01 de enero 2007. 00:01 hrs. Salamanca. Plaza Mayor.

Campanadas y uvas, champaña y petardos. El escenario es imponente, la plaza Mayor, construída en el siglo XVIII llena de gente con ganas de celebrar. Estoy rodeado de Portugueses. Más de la mitad de las personas que están celebrando "la noche vieja" en Salamanca son portugueses, familias completas, grupos de todas las edades. El ánimo y la alegría aplacan un poco el intenso frío que hace a esa hora y a todas las horas, porque las temperaturas no superan los 10 grados en el día y corre brisa.
Un grupo de ecuatorianos con bandera hace trencito por la plaza, los portugueses responden con cánticos futboleros, los salamantinos apenas responden con una rechifla.
Los más jóvenes se van a locales nocturnos cercanos a la plaza mayor, el Camelot está casi frente al monumento a Unamuno, otros están repartidos cerca de la universidad o a pasos de la catedral nueva (y la vieja porque son contiguas). Estoicamente hacen fila para mostrar su ticket comprado con anticipación. Parece una gran fiesta de graduación o un matrimonio, las chicas lucen vestidos de gala (la mayoría muy cortos) y sofisticados vestidos. Los chicos han sacado ternos nuevos, vistosas corbatas, algunos parecen jóvenes gangsters, mucho zapato blanco y en punta, mucho gel y pelos peinados uno a uno. Mucho look, es año nuevo.

El año nuevo mezcla emociones. Están los buenos deseos para el que comienza, una suerte de "ahora sí", o más aún: "este año sí que sí". Un deseo carnavalesco de desquite, como si en una noche nos deshacemos de todo lo que cargamos en el año ido; o nos celebramos por todo lo que no vamos a celebrar en el año que viene. Una euforia estructural de la que hay que ser muy raro para quedarse afuera (yo tengo un largo prontuario de rarezas añonueveras).

A propósito de extrañeza para celebrar. Caigo en cuenta que hace varios años que mi cambio de año no coincide con el calendario. Los años le ponen un nombre a mis ciclos, así por ejemplo, el 2003 terminó en abril del 2004 cuando me embarqué a Italia, cerrando ahí el período de Orbi, separación, licencia por depresión, renuncia laboral. El 2004 se extendió hasta junio del 2005 cuando por fin estrenamos el documental "Racconti di una Emigrazione" (un año largo, 14 meses). El 2006 comenzó en febrero cuando nos fuimos de vacaciones con Cabe y Fabio. Y el 2006 terminó el 08 de octubre del 2006. Cuando me subí al avión rumbo a Madrid, para embarcarme a Dakar. La sensación de hablar del "año pasado hice tal cosa", "el año pasado fui a tal parte" cuando estaba en noviembre. Pero mis ciclos son así. No siempre coinciden con calendarios ni agendas. No es casual si nací un mes después de cuando debí haber nacido. "Pero esa, pequeño Adams, es otra historia".

Feliz Año nuevo y ojalá que este año, este año sí que sí.

25 diciembre 2006

La Navidad no es igual para todos.







No sé cómo celebran la Navidad en Senegal, ni en Mali. Probablemente en Mauritania ni la nombran, es una república islámica. Sé que en Senegal es feriado, son feriados las fiestas musulmanas y las católicas, lo cual no está mal. No creo que se hagan regalos ni cenas especiales, las pocas familias cristianas lo harán, en las misiones religiosas de seguro y los europeos que trabajan allá.

En Madrid sí celebran. Las calles están llenas de luces de colores, en el palacio de las comunicaciones, también iluminado, hay unas enormes bolas donde se proyectan imágenes de la ciudad y de los pesebres que aquí les llaman Belenes. Hay belenes de todos tipos y tamaños. En San Lorenzo del Escorial, donde está el monasterio real, tienen un belén que ocupa como tres plazas, con figuras de tamaño natural: romanos, judíos, orfebres, panaderos, patitos y hasta un elefante pueblan la miniciudad de papel maché que, para mi gusto, no es de tan buen gusto. La gente se congrega y pasea a través de las figuras sin importar el frío ni los restos de nieve que todavía quedan como pequeños manchones.

El centro de Madrid rebosaba de gente la semana anterior, tienen la curiosa costumbre de usar pelucas por estos días, por las calles se ven melenas naranjas, violeta y unas brillantes como de guirlandas. Puede que sirvan también para protegerse del frío.

En Madrid pareciera que todo funciona perfecto, al menos para mí que vengo de las antípodas. Los buses son limpios y se detienen en los paraderos establecidos, la gente introduce un boleto y pasa. Marca la siguiente parada y el conductor se detiene en el paradero establecido. El metro llega a todas partes, hay mil combinaciones y funciona hasta tarde.

Pero no todo es perfecto en Madrid. Air Madrid no fue nada de perfecto. Hace unos días colapsó definitivamente y le quitaron la licencia para volar, dejando a cientos de personas en tierra, es un problema nacional que aparece todos los días en los medios. Hay personas que están "viviendo" en Barajas desde hace unas semanas, igual que en la película de Tom Haks "Terminal", una demostración más que la realidad imita al Arte. Así los que tenemos un ticket con Air Madrid lo tendremos que dejar de recuerdo de un viaje que no realizamos.

¡¡¡Feliz Navidad!!!

18 diciembre 2006

Siempre puede ser peor.





"Decisiones, todo cuesta
vengan y hagan sus apuestas
Ave María"

Rubén Blades


03 de noviembre de 2006. Kidira, Frontera de Senegal con Mali.

Si esto fuera una novela comenzaría: “Me encontraba en el peor lugar del mundo, a la hora menos indicada, en las peores condiciones”. Una gare routiere en un puesto de frontera, un montón de autos dispuestos de manera azarosa, unas construcciones de palo que apenas distinguía su estructura. Eran las ocho de la noche, oscuro, unas pocas ampolletas apenas insinuaban algunas siluetas. Frente mí, un negro grande me señala en un rudo inglés que si quería viajar a Kayes a esa hora tenía que contratar un vehículo entero para mí, pagando los 7 puestos, en total $25000; si no, me podía quedar ahí hasta mañana, al lado de lo que parece una garita, comprar de inmediato mi lugar para salir en el primer auto que partiera al día siguiente. Como un acto de gentileza me ofrece guardar la mochila en la cajuela del auto. “¿Algún hostal dónde pasar la noche?” “No hay hostales, en este pueblo”. Miré hacia una calle mal iluminada con algunos puestos de comida y no se veía más. La otra alternativa era volver sobre mis pasos y cruzar de vuelta hacia Senegal, buscando un lugar donde dormir.

¿Cómo llegué hasta ese punto?

03 de noviembre de 2006. 09:00 am. Kaolak.

Me embarco en un setplace rumbo a Tambacounda, a unos 250 kms. Calculo unas cuatro horas. El camino es endemoniado, hay más hoyos que cemento. Llego a las tres de la tarde. Calculo que me quedan como cuatro horas de luz. Voy a la Terminal desde donde salen los minibases a Kidirá que está a 150kms, en la frontera con Mali. O me quedo en Tambacounda o hago el esfuerzo por llegar a Kayes, en el lado Maliense. Pregunto hasta qué hora está abierta la frontera. “Siempre está abierta”. Decido continuar. Decido mal.
Llego a Kidira a las ocho de la noche. 150 kms. en cinco horas. Decido seguir intentando llegar a Kayes. Un taxi me ofrece llevarme hasta el control policial. Mientras lo espero, un vendedor me explica que a esta hora no voy a llegar a Kayes, que no hay transporte, que debo esperar hasta el día siguiente. Me ofrece pasar la noche en su casa. El taxi me lleva al cuartel policial de frontera y después cruza el puente que hace de límite. No son más de 600 metros. Llego a la Gare Routiere. Trato de hablar con unos tipos tirados en el piso apoyados en unos autos. Ninguno habla inglés, llaman al negro grande.

Así es como llegué a esa encrucijada.
Me tomo mi tiempo para decidir. El lugar no invita a quedarse. Vuelvo a Kidirá. Un taxi me lleva directo al único hotel de la ciudad (si es que alcanza para decirle ciudad). La habitación cuesta $18000 la noche, con aire acondicionado. Es mucho. Vuelvo donde el vendedor que me ofreció su casa. Subo con él a un departamento ubicado justo detrás de su puesto. Me indica un camastro que está en lo que llamaríamos el living. Hay otras personas que entran y salen. Le pregunto cuánto cuesta. “Nada, es una invitación”. Me acuerdo del testimonio del alemancito que conocí en Saint Louis sobre pasar la noche “invitado” en un puesto de frontera. Le agradezco, me como mi orgullo y vuelvo al hotel que tiene un gran cartel “Haga su convención o reunión de trabajo aquí”. Parece que soy el único pasajero. Un dependiente con cara de aburrido me indica la habitación. No se ve mal, está fresca. Voy al baño y no hay agua. Pienso en ir a alegar al dependiente y me doy cuenta que están dispuestas unas palanganas con agua. Comprendo, no es un problema, es así. El baño está lleno de zancudos. Cierro la puerta del baño. Me caliento agua, me tomo una sopa con lo que me queda de un pan dulce. Escribo un poco, pienso: “los tiempos en África son distintos, no debo pensar que me voy a demorar lo mismo que si estuviera en Chile”. Me duermo. Aún existe un sitio peor. Pero todavía no lo he visto.

04 de noviembre de 2006. 06:00 am. Kidira.

Me levanto, pago y me voy. Cruzo a pie la frontera, no quiero pagar taxi. Llego a la Gare Routiere. Le pregunto a unos negros por el puesto de frontera Maliense. “Está lejos, tienes que pagar el auto que te lleve a Kayes en el camino pasa por el puesto”. Desconfío.
Un mini bus, que es un camión con una jaula de lata, está esperando gente para partir. Le pregunto al que vende los boletos dónde está el puesto de frontera. Amable me indica dónde es, eso sí, después que compre el boleto para su mini bus. El cuartel de frontera no queda a más de 200 mts.
Contra todo pronóstico, los policías me atienden muy bien. Incluso el funcionario pide excusas por no haberme ofrecido asiento mientras atendía a otra persona.

El mini bus demora 4 horas en 50 kms.
En Kayes espero hasta las 14:00 hrs para tomar el bus que me lleve a Bamako, un trayecto de 400 kms. “unas 8 hrs” calculo, llego al atardecer. Error, son casi doce en un bus que tiene 5 asientos por fila –tres de un lado, el pasillo y otros dos-, el asiento no se reclina. Una parte del viaje es por camino de tierra.
Llegamos a la 1:30 de la madrugada. Apenas me bajo, una horda de taxistas se me viene encima. Me preocupo primero de mi mochila. ¿Adonde voy? Me habían recomendado la misión católica, un taxi me lleva allá. Error. Está cerrada, sólo reciben gente hasta las 10 de la noche. El taxista no habla inglés. Se acerca otro sujeto que me ofrece la casa de su hermano para quedarme, está cerca, es de confianza (de él, no mía) y barata.
Finalmente el taxista me lleva hasta la estación de trenes, ahí hay tipo que habla inglés y un hotel. Es la alternativa. Me muestran la pieza, el lugar era tan sórdido creo que hasta el mismísimo Bukowsky se hubiera espantado, los baños comunes, ni hablar. Me encierro, me siento en la cama, miro el lugar y respiro hondo. No hay mosquitero. Me envuelvo en la tela turbante que compré en Mauritania. Es suficientemente larga como para cubrirme como momia. Los codos quedan fuera. Me duermo. Los mosquitos me pican los codos.

05 de noviembre. Bamako

Antes de las 07:00 am. Siento golpes en la puerta. “Debe ser al lado”. Siguen los golpes. “Mesié, mesié”. No entiendo nada. “¿Quien mierda golpea?” Por mi mente pasan mil hipótesis, todas terribles “la pesadilla no termina”. Sobándome los codos abro, un dependiente del hotel me dice que me están esperando para ir a tomar el bus para Ségou, como yo pedí. Le explico que no pedí nada, que hablé de ir a Ségou pero más tarde. “Pardon, pardon”. Ya no me quedan ganas de volver a dormir. Salgo a caminar un poco por Bamako. Tomo desayuno con unos canadienses.
A mediodía tomo el bus a Ségou. Prefiero no calcular las horas.